Las Madres de Soacha:

una lucha incansable por la verdad, la justicia y la dignidad

Por Akenathon, periodista independiente

En Colombia, la palabra “madre” ha sido sinónimo de resistencia. Las Madres de Soacha son un símbolo de ello: mujeres valientes que, desde 2008, convirtieron su dolor en motor de lucha. Sus hijos —jóvenes humildes, en busca de oportunidades— fueron víctimas de las llamadas ejecuciones extrajudiciales o “falsos positivos”, crímenes cometidos por miembros del Ejército que presentaron a civiles asesinados como guerrilleros dados de baja en combate, con el fin de obtener beneficios y reconocimientos institucionales.

Estas mujeres, organizadas en el colectivo MAFAPO (Madres de Falsos Positivos de Soacha y Bogotá), han enfrentado durante años un camino lleno de obstáculos, revictimizaciones y silencios. Sin embargo, su convicción por alcanzar la verdad y la justicia no ha menguado.

La voz que rompió el silencio

Desde que denunciaron públicamente estos crímenes, las Madres de Soacha han demostrado la inocencia de sus hijos, desnudando uno de los capítulos más oscuros del conflicto colombiano. Han exigido respuestas al Estado, a la justicia y a la sociedad, pidiendo que sus hijos sean reconocidos como lo que fueron: víctimas, no combatientes.

Su activismo no se ha limitado a los estrados judiciales. Cada 20 de septiembre, conmemoran la memoria de los jóvenes asesinados, llevando flores, fotografías y mensajes de dignidad. Estos actos no solo son una expresión de duelo, sino también una forma de resistencia y de exigencia para que la historia no se repita.

El arte como herramienta de resistencia

El arte se ha convertido en una de las formas más potentes de su activismo. A través de la intervención de botas de caucho —las mismas “botas pantaneras” que usaban los soldados—, las madres han transformado un símbolo de violencia en uno de memoria. Cada bota intervenida cuenta una historia, lleva un nombre, un color, una herida convertida en arte.

Este gesto artístico ha trascendido fronteras, siendo presentado en espacios culturales y de derechos humanos dentro y fuera del país. Sin embargo, no han estado exentas de ataques. En una ocasión, un congresista intentó agredir físicamente estas piezas durante una exposición, revictimizando a las madres y recordando cuánto duele todavía la indiferencia.

Justicia y reconocimiento

Aunque su lucha ha dado algunos frutos judiciales, ellas mismas reconocen que la impunidad persiste. Pocos casos han llegado a sentencia, y el reconocimiento estatal ha sido insuficiente. No obstante, el trabajo de las Madres de Soacha ha sido respaldado por organizaciones nacionales e internacionales, como la Comisión de la Verdad, la Defensoría del Pueblo y múltiples colectivos de derechos humanos, que ven en ellas un ejemplo de dignidad, resistencia y memoria viva.

De Soacha al mundo

La fuerza de su mensaje ha cruzado fronteras. Han sido invitadas a foros internacionales, compartiendo su experiencia con otros movimientos de derechos humanos en América Latina y Europa. Su testimonio ha contribuido a visibilizar no solo la tragedia de los falsos positivos, sino también la capacidad de las mujeres para transformar el dolor en acción colectiva.

Las Madres de Soacha son mucho más que un grupo de víctimas: son la conciencia viva de un país que aún debe mirar de frente sus heridas. Su clamor por verdad, justicia y no repetición no pertenece solo a ellas, sino a toda una nación que necesita recordar para no volver a caer en el olvido.

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